Cuándo aprendimos a desconfiar del cuerpo
Cuerpo, dossier de octubre: Habitar el cuerpo
¿Cuándo aprendimos a desconfiar de nuestro propio cuerpo?
Una breve historia de todo lo que nos enseñaron a corregir.

Quizá no nacimos desconfiando de él. Nacemos dentro de un cuerpo y lo habitamos antes de tener palabras para nombrarlo. Tenemos hambre, tenemos sueño, sentimos placer. Nos movemos, nos ensuciamos, nos tocamos, nos cansamos.
Y, poco a poco, empezamos a recibir mensajes sobre cómo debería ser ese cuerpo.
Nadie nos lo enseñó de golpe. Fue un goteo de frases pequeñas, casi siempre dichas con cariño. «Siéntate bien.» «No llores, que no es para tanto.» «Eso son nervios.» «Tápate.» Sueltas parecen nada. Juntas forman una pedagogía muy precisa: el cuerpo es algo que se corrige, se vigila y, sobre todo, se interpreta desde fuera.
La mirada de los demás
Entonces aparece la mirada de los demás. Demasiado gorda. Demasiado delgada. Demasiado alta. Demasiado baja. Demasiado sexual. Poco femenina. Demasiado visible. Demasiado vieja.
Y aprendemos a mirarnos a través de sus ojos.
La pintura tuvo mucho que ver. En 1972, John Berger observó que en la tradición europea del desnudo los hombres actúan y las mujeres aparecen: el cuerpo femenino estaba en el cuadro para ser contemplado, casi nunca para ser habitado. Durante siglos, quien sostenía el pincel no era quien estaba dentro de la piel. Algo de eso se nos quedó. Nos miramos como miraríamos un retrato que nos hubieran hecho otros, buscando el defecto.
La máquina y el que la conduce
La idea venía de lejos. En el siglo XVII, Descartes dejó por escrito una separación que Occidente llevaba siglos ensayando: de un lado la mente, que piensa y es «yo»; del otro el cuerpo, una máquina admirable pero ajena, que obedece o se estropea.
Para el cuerpo de las mujeres, la historia tuvo un capítulo propio. La palabra histeria viene del griego hystera, útero. Durante siglos, lo que una mujer sentía con demasiada intensidad se explicó como un desorden de su anatomía. Es difícil confiar en algo que te han presentado, desde el diccionario, como el origen de tus excesos.
El cuerpo deja de ser casa y empieza a convertirse en proyecto.
De casa a proyecto
Hay que adelgazarlo. Tonificarlo. Depilarlo. Rejuvenecerlo. Controlarlo. Y cuando cambia con la edad, pensamos que ha fallado.
Quizá simplemente ha seguido viviendo.
Lo curioso es que cualquiera que trabaje con las manos sabe que el cuerpo piensa. Quien pinta lo comprueba cada día: con la espátula, la presión la decide el brazo un instante antes que la cabeza, y si intentas controlar cada gesto, la materia se queda muerta. Pasa lo mismo al cocinar, al bailar o al sostener a un bebé dormido. Hay una inteligencia que no pasa por las palabras, y llega antes.
Confiar no es obedecer
Ahora el péndulo ha ido al otro extremo y el cuerpo se ha vuelto oráculo: escucha a tu cuerpo, tu cuerpo sabe, tu cuerpo nunca miente. Tampoco es eso. El cuerpo se equivoca, se asusta, repite costumbres que ya no sirven. No es un dios ni una máquina. Es un territorio, con su clima, su memoria y sus caminos de siempre.
Confiar en un territorio no significa obedecerlo. Significa conocerlo lo bastante como para distinguir una tormenta de un poco de viento. Eso no se aprende con una frase. Se aprende como se aprendió lo otro: despacio, con atención, en gestos pequeños.
Quizá la pregunta no sea cuándo aprendimos a desconfiar, sino qué frase pequeña podríamos empezar a decirnos en su lugar.
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