Perséfone
Mito, dossier de octubre: Habitar el cuerpo
Perséfone no se fue: bajó
Lo que cuenta de verdad el mito de Perséfone, lo que le hemos hecho decir y por qué es uno de los pocos mitos que no terminan.

Cada otoño, en algún rincón de internet, alguien escribe que Perséfone eligió la oscuridad. Es una frase preciosa. Tiene un único problema: el mito no la dice.
Y me parece que merece la pena empezar por ahí, porque Perséfone es probablemente la diosa griega a la que más cosas le hemos hecho decir. Ha sido víctima, ha sido símbolo de la depresión, ha sido la adolescente que se independiza de su madre y la mujer que abraza su sombra. Algunas de esas lecturas son hermosas. Pero antes de interpretar un mito conviene escucharlo, igual que antes de pintar un rostro conviene mirarlo.
El mito de Perséfone, tal como se contó
La versión más antigua que conservamos completa es el Himno homérico a Deméter, compuesto hacia el siglo VII antes de nuestra era. Allí la diosa todavía no se llama Perséfone, sino Kore, que en griego significa sencillamente «la muchacha».
Kore está en un prado recogiendo flores con sus compañeras: rosas, azafranes, violetas, lirios, jacintos. Y un narciso extraordinario, de cien cabezas, que la Tierra ha hecho brotar a propósito, como cebo, por voluntad de Zeus. Cuando ella alarga la mano para cogerlo, el suelo se abre y Hades sale en su carro y se la lleva. Grita. Casi nadie la oye.
Deméter, su madre, la busca durante nueve días con antorchas encendidas, sin comer ni lavarse. Cuando descubre que el propio Zeus consintió el rapto, se retira del Olimpo y deja de hacer crecer el grano. La tierra se vuelve estéril. Los hombres empiezan a morir de hambre y los dioses, de paso, se quedan sin sacrificios. Solo entonces Zeus cede y envía a Hermes a buscarla.
Hades la deja marchar. Pero antes le da a comer un grano de granada, y quien prueba alimento del mundo de abajo está obligado a volver. Desde entonces Perséfone pasa una parte del año bajo tierra y el resto con su madre. En el himno es un tercio del año. Siglos después, en las Metamorfosis de Ovidio, ya son seis granos y seis meses. Los mitos también crecen.
Lo que el himno no dice
No dice que ella eligiera. Al contrario: cuando se reencuentra con su madre, Perséfone le cuenta que Hades le puso el grano en la boca y la obligó a tragarlo. La versión en la que se lo come a sabiendas, por deseo o por decisión, es una lectura moderna. Es legítima como reescritura, los mitos están para eso, pero es nuestra. No suya.
Y sin embargo hay algo en esas lecturas modernas que intuye una verdad. Solo que la verdad no está en el momento del rapto. Está en todo lo que viene después.
Hay mujeres que no se pierden. Descienden.
La muchacha y la reina
Fuera del himno, en casi todo el resto de la literatura griega, Perséfone no es una muchacha raptada. Es la reina del inframundo. En la Odisea, cuando Ulises baja a hablar con los muertos, es ella quien hace subir las sombras de las mujeres para que él las vea, y es a ella a quien Ulises teme: sale corriendo por miedo a que le envíe la cabeza de la Gorgona. Muchos griegos preferían no pronunciar su nombre y la llamaban Despoina, que quiere decir «la Señora».
Nadie baja a rescatarla. Quien baja, baja a pedirle algo. Orfeo, en las versiones tardías, va a suplicarle por Eurídice. Heracles necesita su permiso. Los iniciados de Eleusis, durante casi dos mil años, la celebraron en unos misterios de los que, por cierto, nadie contó nunca el secreto.
Por eso el título de este texto. Irse es desaparecer de un sitio. Bajar es otra cosa: es cambiar de nivel sin dejar de existir, entrar en un lugar donde las reglas son distintas y donde, con el tiempo, una puede acabar mandando. Perséfone no se fue. Bajó. Y abajo aprendió a reinar.
Una caja de belleza
Hay un detalle que me fascina. En El asno de oro, la novela que Apuleyo escribió en el siglo II, Venus impone a Psique una serie de pruebas imposibles. La última es bajar al inframundo y pedirle a Prosérpina, el nombre latino de Perséfone, un poco de su belleza guardada en una cajita.
Pensadlo un momento. ¿Dónde guarda esa historia la belleza más codiciada, la que hasta Venus quiere para sí? Abajo. En manos de la reina de los muertos. Y cuando Psique, ya de vuelta, abre la caja por curiosidad, no encuentra un cosmético: encuentra un sueño profundo que casi la mata. Mi lectura, y es solo mía, es que la belleza que viene de abajo no está hecha para lucirse al subir.
La pintura que acompaña este texto se llama Belleza, no Perséfone, y conviene no hacerle decir lo que no dice. Pero los mitos también sirven para mirar cuadros que no hablaban de ellos. Hay una mujer de perfil dentro de una luna llena. Su pelo es un prado entero: flores rosas, azules, violetas, estrellas, alguna mariposa. Y ese prado no se queda quieto. Gira en espiral hacia dentro, hasta un corazón diminuto, y desde allí vuelve a abrirse. Una espiral es eso: un camino que baja sin perderse, porque cada vuelta conoce la salida.
Un calendario mediterráneo
Solemos leer el mito con ojos del norte: Perséfone baja y llega el invierno, Perséfone sube y llega la primavera. Pero en Grecia, como aquí en el sur, el campo no muere en invierno. Muere en verano, cuando el sol lo quema todo y la tierra se cuartea.
El historiador de las religiones Martin Nilsson propuso una lectura que me gusta mucho, aunque es una hipótesis y se sigue discutiendo: que el tiempo de Kore bajo tierra correspondía a los meses de verano, cuando el grano de la cosecha se guardaba en silos subterráneos, y que su regreso coincidía con la siembra de otoño, con las primeras lluvias. Los grandes misterios de Eleusis, de hecho, se celebraban entre septiembre y octubre.
Si Nilsson tenía razón, octubre no es el mes en que Perséfone baja. Es el mes en que vuelve.
La granada
En esta tierra la granada aparece en los escudos, aunque los filólogos discuten que el nombre de Granada venga de la fruta. A la granada le pasa como a Perséfone: le atribuimos más significados de los que dice. Fertilidad, muerte, matrimonio, eternidad. Se ha cargado con casi todo.
A mí me interesa algo más sencillo. Por fuera es dura, casi de cuero. Por dentro es una cámara llena de cuartos, y cada semilla está envuelta en su propia gota roja. Madura en otoño. Y en el mito basta un solo grano para unir dos mundos para siempre. No hace falta comerse la fruta entera: basta un grano para pertenecer también a abajo.
Quizá por eso el mito de Perséfone sigue vivo cuando tantos otros se han quedado en el museo. Porque no termina. No hay en él una mujer rescatada ni una mujer reinventada. Hay una que conoce los dos lados y no deja de ir y venir. Y una madre que, cada año, aprende a dejarla ir y a esperarla. Pero esa es la historia de Deméter, y merece su propio texto.
Sigue mirando
-

El texto anterior del dossier
¿Cuándo aprendimos a desconfiar de nuestro propio cuerpo?
Leer -

La obra
Belleza y otras lunas
Ver la obra -

El próximo texto del dossier
Deméter, la que espera
Avísame cuando salga
Una carta al mes desde el estudio
Lo que estoy pintando, leyendo y escribiendo. Y el primer capítulo de La Puerta Azul antes que nadie.
Quiero recibirla

